
El acorde de la ocarina filtraba las voces humanas, los gritos y chirridos de neumaticos. Pero Athys, el primogénito de La Supay, jamas sospecharía que los mismos sonidos serían prostituidos por una máquina sintetizadora, una centurias después.
Ahora el aire sonoro arqueaba su garganta, soplaba hacia la penumbra de sus bronquios, y se instalaba en sus pulmones para salir en forma de cánticos sagrados en medio de las plantaciones de giracinos, adonde acudía con su ballesta a cazar porcinos salvajes para fertilizar la ciénaga.
Los pasos iban vertiginosos hacia ninguna parte protegidos por inmensos sacos negros sobrevolando tobillos, venteando vidrios y asfaltoS.
La ciénaga en el Siglo Prerosagrana contenia sonidos puros, instrumentos de madera sonora, bocas dispuestas al acorde.
Luego se iría tranformando paulatinamente en un infierno de ordenadores donde todos los artefactos llegaron a autoreproducirse hasta la demencia y el incendio amoniacal. Finalmente llegaron a adulterar las formas humanas.




