
La ciénada de los inicios del Siglo fué fertilizada con giracinos, semillas de girasoles con pelos de porcinos. Las hordas, luego de ingerir la deliciosa carne de los cerdos salvajes y jabalíes que poblaban pesadamente las praderas, sacrificaban innumerables hojas de girasoles en rituales donde se derramaban impiadosamente, la savia vegetal de estos indefensos organismos.
Chorreantes del verde líquido vivificante, los humanos hórdicos se entregaban a largas orgías que consistían en decapitar con ferocidad, las altas plantaciones de girasol que miraban hacia el oriente cuando la clepsidra les marcaba un horario vespertino o nocturno.
Dicese que estas ceremonias unían y daban cohesión a los grupos que muchos siglos después, se fueron recorganizando en tribus en torno a otras víctimas ceremonias, como la soja o los viñedos de cepa enana.
Estas bacanales se pierden en los confines del tiempo. Solo podemos aquí sorprendernos con detalles baladíes cuyo anecdotario es bien comentado en anónimos cafés literarios y tabernas de mala muerte.
Algunos escribanos y boticarios aún sostienen que todo se trata de un delirio barrial originado por la falta de hechos políticos relevantes.
Chorreantes del verde líquido vivificante, los humanos hórdicos se entregaban a largas orgías que consistían en decapitar con ferocidad, las altas plantaciones de girasol que miraban hacia el oriente cuando la clepsidra les marcaba un horario vespertino o nocturno.
Dicese que estas ceremonias unían y daban cohesión a los grupos que muchos siglos después, se fueron recorganizando en tribus en torno a otras víctimas ceremonias, como la soja o los viñedos de cepa enana.
Estas bacanales se pierden en los confines del tiempo. Solo podemos aquí sorprendernos con detalles baladíes cuyo anecdotario es bien comentado en anónimos cafés literarios y tabernas de mala muerte.
Algunos escribanos y boticarios aún sostienen que todo se trata de un delirio barrial originado por la falta de hechos políticos relevantes.
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